Rafael Ricardo, una vida para la música
El maestro Rafael Ricardo Barrios descubrió su vocación musical desde niño. Sus 73 años fueron un rico, inolvidable y apasionante homenaje a la música.

El niño Rafael Ricardo de seis años le pedía a todo el que viajaba desde San Juan Nepomuceno a Cartagena, que le trajeran de regalo una dulzaina, que entre los niños de aquellos años en las sabanas de Bolívar, se conocía como violina. Con un soplo de aire la dulzaina suena como el fuelle de un acordeón, con notas agudas y graves. Ese es tal vez el recuerdo más antiguo de su vocación musical que empezó mucho antes de nacer, porque ya en sus ancestros maternos, su abuela Sara Salzedo, oriunda de Mompox, tocaban el piano y les gustaba la música.
Los primeros pasos

Estudió su primaria, tercero y quinto elemental en el Instituto Rodríguez en San Jacinto, y estudió algunos años de su bachillerato en el Seminario de Cartagena, en donde el Padre Mejía convocó a los alumnos interesados a inscribirse en clases de armonio.
Rafael Ricardo fue uno de los alumnos que se interesó por estudiar armonio, instrumento de viento y teclas. También participó en las misas cantadas de los jueves en el colegio Seminario, en donde se creó un coro mixto con voces de tenores, sopranos, altos y bajos, que sembró para siempre una actitud armónica en su percepción de la vida. Aquella experiencia en el coro en la misa, estaba conectada a sus días de monaguillo en su pueblo. Nacido en una familia ferviente y católica, al niño le gustaba ir a misa.
El joven culminó sus estudios de bachillerato en Corozal, pero siempre, encontró en el camino algún aliado y cómplice en la música. Uno de ellos, fue Álvaro González, que cantaba muy bien y tocaba su guitarra. Y junto a Fernando, hermano de Álvaro, que era segunda voz y guitarra puntera, se consagraron como serenateros de los fines de semana en Corozal. Fue el trío de moda en Corozal, según los recuerdos de Rafael Ricardo. De Corozal, ya graduado de bachiller, entró a estudiar Ingeniería Civil en la Universidad de Cartagena, y desistió porque la vocación musical se lo impidió. Luego, intentó estudiar Matemáticas en la Universidad del Atlántico, y también desistió, poseído por la pasión de la música.
Aferrado a su vocación musical, alejado del deseo de tener un título universitario, ante la perplejidad de Gumercindo Ricardo González, su padre, y Cecilia Barrios Salzedo, su madre, creó el cuarteto Los Melódicos, integrado por Ángel Pupo, Libardo Narváez, Lucho Pérez Herrera y Rafael Ricardo. Ese cuarteto cautivó a los asiduos turistas de todo el país que iban a escuchar al aire libre los conciertos en La Piragua en Bocagrande. En ese ámbito que era un imán de los viajeros y los enamorados del país que llegaban a conocer el mar de Cartagena, Rafael Ricardo conoció y vivió “los amores más hermosos de mi vida, de las que nacieron algunas canciones”, según sus recuerdos.
El llamado del acordeón

El acordeón del valle y la sabana lo llamaban desde muy temprano. Adolfo Pacheco que había sido su maestro de matemáticas, sintió un inmenso cariño al descubrir el talento musical de su alumno. Se hicieron grandes amigos y cómplices. La simpatía fue similar cuando conoció a Alfredo Gutiérrez, quien lo integró en Los Caporales del Magdalena. Luego, trabajaría con Adolfo Pacheco, a quien le interpretaría junto con Otto Ricardo (“mi pariente lejano”), canciones como El mochuelo, Mi niñez Mi canto de cisne, Serenata, Rosario, El mensaje, Mi bautizo, Pasión oculta, entre otras.
Fue Ramón Vargas, el célebre Compadre Ramón, quien en 1979, hizo las vueltas iniciales para que Rafael Ricardo grabara su primer álbum con la voz de Otto Serge. Los directivos de Codiscos, Rafael Mejía y Fernando López, aprobaron ese álbum. Y Rafael Ricardo seleccionó para ese repertorio del álbum canciones como Mi sentimiento de Santander Durán, que el autor entregó en casa de Octavio Daza en Valledupar, Tú verás de Sergio Moya Molina, Luna de Julio Rocha y Oye corazón, que había sido grabada por Andrés Landero, y a Rafael Ricardo le gustaba desde que era un niño. También canciones como ‘Huyendo de una pena’ de Fernando Meneses. Lo que soy por amor de Octavio Daza y Esperanza de Israel Romero.
Sus memorias

Rafael Ricardo alcanzó a escribir una franja significativa de sus memorias a través de episodios anecdóticos de su polifacética existencia en la que además fue un inolvidable profesor de la historia de la música en su pueblo, actor destacado de la televisión colombiana, aguerrido defensor de los derechos de autor de los compositores y los arreglistas y productores musicales. En 133 páginas, reunidas en su libro “Mi sentimiento. Anécdotas de mi vida musical”, que publicó en Casa Editorial en Cartagena, en julio de 2019, nos contó momentos de su infancia y juventud y de su vocación musical, que recreo en esta semblanza, esas memorias me las entregó el artista de paso por San Juan Nepomuceno el 2 de enero de 2020.
El ser que percibí era un apasionado, temperamental, contestatario, y un creador con alto sentido del humor. Rafael Ricardo supo desde temprano que lo suyo era la música. En su piano no solo interpretaba sones y paseos, cumbias y porros, sino también boleros y música antillana. El niño que pedía su violina o su dulzaina, tuvo música hasta poco antes de sufrir el accidente cerebrovascular que lo llevó a la muerte, tres días antes de ser el homenajeado del Festival Multicultural de los Montes de María. Su corazón retumbó como un tambor bajo el cielo de junio cuando le dijeron que era el homenajeado. Y lloró de felicidad.


