‘En agosto nos vemos’ y los mejores secretos de cama de Gabriel García Márquez
‘En agosto nos vemos’ no es una obra maestra, pero tiene momentos luminosos.

El único defecto de En agosto nos vemos es su terrible brevedad. Pilar Reyes –directora editorial de Penguin Random House– le dijo a EL TIEMPO que la novela podría haber sido un lado B de El amor en los tiempos del colera. Reyes mencionaba el desenfreno sexual de Florentino Ariza en contraposición a la rebeldía –también sexual– de Ana Magdalena Bach, pero también creo que en el fondo –en secreto– lamentaba la brevedad de la novela. Las aventuras de la primera mujer protagonista de una novela de Gabriel García Márquez merecía otras 300 páginas.
Gabo terminó la quinta versión de la novela con la memoria destrozada. En agosto nos vemos tiene un comienzo, un desarrollo y un final, pero tal vez sus personajes y sus historias todavía podían crecer más. Y Gabo lo intentó. Y lo intentó hasta su último aliento: en las fotos del manuscrito están sus rayones insistentes en busca del adjetivo exacto.
Su hijo Rodrigo explica en el prólogo que llegó un momento en el que Gabo era incapaz de enfrentarse con las palabras.
“La memoria es a la vez mi materia prima y mi herramienta. Sin ella, no hay nada”, dijo. Y les ordenó a sus hijos que destruyeran el libro. Por suerte no le hicieron caso.
En agosto nos vemos no es El amor en los tiempos del cólera, pero tiene algunos destellos del mejor Gabo, del Gabo que todos disfrutamos y admiramos: “Ana Magdalena Bach pidió una ginebra con hielo y soda, el único alcohol que sobrellevaba bien. El mundo cambió desde el primer sorbo. Se sintió pícara, alegre, capaz de todo, y embellecida por la mezcla sagrada de la música con la ginebra”.
¿Cómo nos íbamos a perder de una frase como esta? La mezcla sagrada de la música con la ginebra merece y merecerá siempre un brindis. Los lectores de García Márquez somos legión, no por nada se han vendido más de 40 millones de copias de Cien años de soledad y solo para la primera edición en Latinoamérica se imprimieron 250 mil copias de En agosto nos vemos, ¿qué íbamos a hacer todos nosotros sin este libro?, ¿ir en peregrinaje al Harry Ramson Center en Austin, Texas, para ver el manuscrito?, ¿quién quiere pasar sus vacaciones con unos guantes blancos para pasar página por página una reliquia de papel y con el riesgo de un incendio o de un atentado terrorista o la negativa de una bibliotecaria enfurecida?
- No era justo con nosotros ni con Gabo, porque algo es claro: su última novela tenía que ser una buena novela. Y En agosto nos vemos es mejor que Memoria de mis putas tristes. Y aquí tengo que confesar algo: apenas durante un instante de dos horas felices de lectura me permití aburrirme, y solo con pasar una página, ¡una página!, pasé del bostezo a las lágrimas entre las páginas 113 y 114 y creo que es una de las mejores vueltas de tuerca que he leído en mucho tiempo.
La invención de Jonás
Los lectores de García Márquez somos legión, no por nada se han vendido más de 40 millones de copias de Cien años de soledad y solo para la primera edición en Latinoamérica se imprimieron 250 mil copias de En agosto nos vemos, ¿qué íbamos a hacer todos nosotros sin este libro?
En agosto nos vemos no solo es una buena novela; es una novela conmovedora sobre los secretos. Los secretos entre esposos. Los secretos entre padres e hijos. Los secretos de la cama; sobre todo los de la cama. Es una novela de infieles, y ese es un tema que Gabo miraba siempre con picardía.
En un texto magistral que hizo en defensa de las sorprendentes aventuras del expresidente Bill Clinton con Mónica Lewinsky, dijo algo que siempre me ha causado risa: la literatura de ficción la inventó Jonás cuando convenció a su mujer de que había vuelto a casa con tres días de retraso porque se lo había tragado una ballena. Ana Magdalena se da un día de descanso todos los años en agosto porque tiene que dejarle flores a su mamá en un cementerio de pobres.
La genialidad de Gabo para las descripciones aparece por todo el libro. Hay un hombre con papada bizantina y uno más tiene cara de vampiro triste. La descripción de Ana Magdalena no puede ser más precisa: “Sopesó en el espejo sus senos redondos y altivos a pesar de sus dos partos. Se estiró las mejillas hacia atrás con los cantos de las manos para acordarse de cómo había sido joven. Pasó por alto las arrugas del cuello, que ya no tenían remedio, y se revisó los dientes perfectos y recién cepillados después del almuerzo en el transbordador”.
Algunas escenas eróticas tienen todo el engranaje de su maquinaria literaria mejor engrasada: “volvió a buscar con los dedos el animal en reposo, y lo encontró desalentado pero vivo”. O uno de sus clásicos de macho costeño: “En la primera embestida se sintió morir por el dolor y una conmoción atroz de ternera descuartizada”. Los almendros, los árboles que sembró José Arcadio Buendia y que le daban vida a las calles polvorientas de Macondo y que, sin ninguna duda, fueron una de sus grandes obsesiones botánicas, aparecen un par de veces en la isla caribeña donde transcurre el grueso la historia.
La música está por todas partes y Gabo deja una delicioso mix con Celia Cruz, Elena Burke, Chaikovski, Brahms, Fausto Papetti, Aaron Copland y, sobre todo, Claro de luna, de Claude Debussy (un crítico musical como Jaime Andrés Monsalve debería hacer un artículo aparte); pero tal vez la novedad más asombrosa es el inusitado arsenal de referencias bibliográficas.
Gabo y los trífidos
García Márquez jamás fue una caja de citas. No era de los que recitaba fragmentos escogidos de la enciclopedia británica o tejía sus ficciones con referencias literarias, pero en este libro –tal vez– quiso dejar algunas recomendaciones. Su protagonista es una lectora voraz y en la cama –además de hacer lo que se tiene que hacer– gozaba con novelas breves como El extranjero, El lazarillo de Tormes y El viejo y el mar.
En su primera aventura –cuando la vemos por primera vez en un transbordador para llegar a la isla donde está enterrada su mamá–, Ana Magdalena Bach tiene sus ojos en las páginas de un libro sobre otro ser que tiene un ataúd de por medio: Drácula, y más tarde –en una charla con un futuro amante– dice que no entiende por qué Coppola le quitó a la película un detalle siniestro y delicioso de la obra maestra de Bram Stocker: el Conde de los Carpatos desembarca en Londres convertido en un perro.
.Y hay más libros ‘recomendados’, entre ellos, un clásico en el que el propio García Márquez es un gran ausente: Antología de la literatura fantástica, de Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo (por cierto, Bioy Casares, muchos años después, diría que alguna historia de Gabo debería ser parte del libro).
Y, en esa línea fantástica y sobrenatural, hay dos libros que revelan los gustos secretos de García Márquez, en este caso, por la ciencia ficción: El día de los trífidos, de John Wyndham, una extraordinaria novela –poco conocida en español– en la que los terrícolas debemos luchar contra unos furiosos matorrales alienígenas que quieren tomarse el planeta. Y un tomo inevitable para todo fan del scy-fi: Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, un libro que llenó a Borges de “terror y soledad” y que Ana Magdalena Bach disfruta en un hotel de la isla, lee “sin sorpresas el tercer cuento” y llama a su marido.
Y hay otros dos clásicos: Diario del año de la peste, de Daniel Defoe (un libro que seguramente fue uno de los más leídos durante la pandemia y una maravilla tan potente como su Robinson Crusoe), y El ministerio del miedo, una novela de uno de sus autores de cabecera: el inglés Graham Greene. Ana Magdalena, por su parte, “detestaba los libros de moda”.
Aplausos de Mstislav
¿Qué más se puede decir de En agosto nos vemos? Tal vez quedan historias que tendremos que imaginar, ¿cuál, por ejemplo, era el destino de los hijos de Ana Magdalena? Su hijo apenas se menciona, solo sabemos que toca el chelo y que fue aplaudido por Mstislav Leopóldovich Rostrpóvich en una sesión privada. Su hija Micaela, sin duda, tenía un destino distinto al que parece condenada, tiene la picardía de su mamá y no parece posible que su vida termine en un convento.
Su marido, Doménico Amarís, todavía tenía secretos por revelar y la relación entre los dos todavía tenía otras zonas oscuras y otras más felices; la propia Ana Magdalena podía susurrarnos al oído unas cuantas historias más, pero… tal vez ese era el propósito de Gabo. En agosto nos vemos es una novela sobre los secretos y, como le dijo su hijo Rodrigo a El TIEMPO en su análisis personal, en los matrimonios, en la familia, en la amistad, “no todo se puede compartir”.



