la Gran Historia

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Al Lector.

En la historia del Sinú1 acontecieron hechos, hazañas y circunstancias que pese ya han sido contadas, merecen ser reiteradas, principalmente bajo el propósito de promover nuestra historia y cultura, sobre todo a las nuevas generaciones de cordobeses, a quienes los constantes influjos externos y la inmediatez mediática, les cercena el interés por apreciar los temas vernáculos.

Por: Eusebio Canabal Restrepo
Abogado – escritor.

El Sinú – Cenú – fue descrito por primera vez en las crónicas de los primeros conquistadores. Martín Fernández de Enciso, quien en 1514 navegó por las costas del Darién y exploró superficialmente el litoral, consignó en su Suma de Geografía sus apreciaciones sobre los zenúes y su reino, que fueron las de un hombre medieval deslumbrado por la exuberancia de un trópico que exhibía un mundo nuevo con colores y formas mucho más vivas que la gris Europa.

De ahí no se supo más sobre el Sinú sino hasta 1533, cuando las huestes de los hermanos Pedro y Alonso de Heredia salieron de Cartagena, y en marchas interminables por la selva saquearon las tumbas de valerosos reyes que su gente enterraba dentro de montículos de tierra; el cuerpo de cara hacia el oriente, y en su lado izquierdo el arco, las flechas y la pechera de cuero de caimán del guerrero. A la derecha depositaban múcuras con chicha fermentada y muchísimos objetos de fino oro.

Los prístinos resplandores de riqueza de Cartagena, los primeros capitales, se debieron a la extraordinaria cantidad de oro sacada del Sinú. Luego de México y el Perú, quizás el tercer Dorado fue el Sinú.

Luego, a mediados del siglo XVIII (1774) bajo la dinámica reformista continuada por el rey Felipe V de Borbón, que buscaba controlar mejor sus territorios coloniales en aras de centralizar la dirección del Estado español que ya presentaba signos importantes de decadencia, el disciplinado soldado Antonio de la Torre y Miranda fue comisionado por el gobernador de Cartagena Juan Torrezar Díaz Pimienta a intervenir en la provincia del Sinú, a efectos de censar, trasladar, fundar y refundar poblados, estableciendo en ellos a las infinitas almas que vivían dispersas en los montes.

Los libros “El Alto Sinú” y El Río San Jorge” del explorador y humanista francés Luis Striffler, escritos en 1870 sobre los viajes que el joven de Estrasburgo realizó en esos territorios, y “Cartagena y las Riberas del Sinú” del escoces Robert Cunninghame Graham constituyen textos importantísimos para el estudio de nuestra historia y geografía, sobre todo por su erudición y su gran fuerza evocativa.

A Striffler se le encargó hacer los estudios preliminares para la instalación del campamento de la “Compañía del Sinú”, empresa francesa con sede en Cartagena creada con el objeto de explotar las arenas auríferas de las playas del Higuerón, al pie del cerro Murrucucú, allá rio arriba en donde el Sinú comienza a angostarse.

1 Cuando se hace uso del término del Sinú, se sugiere interpretarse de una manera amplia, que incluye a todo el territorio cordobés, comprendiendo al San Jorge y la zona costanera.

Striffler remontó el Sinú en 1843 con 200 hombres para cumplir con la visión de otro hijo de la Francia; Víctor Dujardin, empresario aventurero que en esa misma playa, durante una noche de luna, enloqueció de belleza al ver como resplandecían las arenas con pepitas de oro que asemejaban luceros diminutos, y ordenó a los bogas recogerla en sacos que llevaría a París y serian examinadas por el ilustre químico Joseph Gay – Lussac, para contaminar a los inversionistas con sus sueños de locura.

Relata Striffler sobre sus viajes de caimanes gigantescos que reposaban en las playas a lo largo de la rivera, y de ceibas de troncos monumentales de cuyas altas ramas se precipitaban lianas enrolladas de orquídeas de todos los colores. Por las noches, el rugido del jaguar acallaba los otros miles de sonidos de la selva.

Lo más sobresaliente que relató fue su amistad con el cacique Cachichí; último de los caciques de un pueblo anfibio, descendiente directo del gran Naín, padre de la princesa Onomá, quien con sus rezos, con sus besos y sus brebajes de raíz de ipecacuana salvó al francés de sucumbir delirando de fiebre amarilla.

De esa expedición, entre todos los franceses que vinieron con Striffler al Sinú, fue el joven mecánico Luis Lacharme el único que se quedó y se estableció sobre sus márgenes, quien prosperaría y sería el patriarca fundador de un importante linaje.

Robert Cunninghame, “Don Roberto”, aristocrático, culto y periodista trotamundos, estuvo recorriendo el Sinú en 1917 enviado por el gobierno británico para estudiar la posibilidad de establecer vínculos comerciales para abastecer de carne al Reino Unido en el contexto de la gran guerra.

Fue huésped del general Francisco Burgos Rubio en su haciendo de Berástegui, sobre la cual expreso que quizás era la más hermosa hacienda en el departamento de Bolívar.

Para entonces Montería, el último punto habitado sobre el río Sinú era un pueblo pintoresco. Las casas de cubiertas altas con techo de zinc y amplias terrazas de aleros de las principales familias estaban colocadas a la sombra de bosques de naranjos sobre la avenida frente al rio.

Más atrás, esparcidas sobre las callecitas de tierra, estaban casas de bareque y techo de palma con jardines repletos de flores de bonche y nardo.

Sobre su puerto, bajo el calor canicular, gerentes norteamericanos con trajes de lino entero empapados de sudor coordinaban el descargue de los barcos de vapor que llegaban de Cartagena y Lorica con insumos y bienes industriales.

En las tiendas de los comerciantes sirios se podía conseguir toda suerte de mercaderías: árabes de la franja oriental del mar mediterráneo que llegaron al Sinú seducidos por las leyendas de riqueza sobre una nueva Mesopotamia.

Los primeros llegaron cerca de 1890; entraban por los ríos vendiendo telas, manteles y jabones. Arribaron como mercaderes de baratijas, luego serían ganaderos y políticos, ahora sus hijos son importantes profesionales y empresarios.

Pronto, las comarcas del Sinú y del San Jorge se convertirían en enclaves árabes en el trópico.

Montería para entonces constituía el último puerto comercial importante para la extracción de caucho, raicilla y madera, productos que a inicios del siglo XX tenían una alta cotización en el mercado internacional.

Su ubicación central y sobre la margen del río, haría que la villa cobrara importancia económica y demográfica. Circunstancias que luego tendrían efectos democráticos cuando a través de la ley 9 de 1951 se crea el departamento de Córdoba y se escoge a Montería como capital.

El desarrollo del Sinú y del San Jorge se ha dado bajo la lógica de las economías extractivas: primero fue el oro, luego la madera y raicilla, y finalmente la ganadería y agricultura.

El reto, de cara a los nuevos tiempos, es lograr que Córdoba cumpla con su destino manifiesto de ser una potencia agroindustrial y eco turístico: La feracidad de sus valles, la proximidad con el litoral y su clima benigno constituyen los presupuestos necesarios para ello, solo faltaría añadir el impulso de su gente.

Constituyó punto de partida de este ensayo la convicción de que comprender que tenemos un pasado en común permitirá forjar un futuro más propicio. Citando a Luis Striffler: “todos somos obreros del porvenir, cada movimiento es un paso en el camino de la civilización”.

Eusebio Canabal Restrepo Abogado – escritor.

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