La primera línea / Voy y vuelvo
Resultó decepcionante confirmar la falta de claridad a la hora de expresar sus ideas y reclamos.

La fallida reunión entre Distrito y miembros de la llamada primera línea de las protestas que perviven en algunos puntos de la ciudad no es necesariamente algo malo. Claro, habría sido mejor que gobierno y jóvenes se vieran las caras. Pero que no hubiera sucedido no significa que no se pueda hacer en los próximos días.
Ahora bien, para los que no teníamos claro quiénes eran los muchachos –o ‘chicos’, como quieren llamarse– resultó decepcionante confirmar la falta de claridad a la hora de expresar sus ideas y reclamos.
Yo de verdad sigo sin saber qué es lo que demandan en el fondo, pero haré el intento. No se imponen en la retórica de estos jóvenes necesidades de primera mano, como sí se advertía en otros grupos durante el paro nacional. Me refiero a que en sus arengas no hay peticiones concretas de un empleo estable (algunos hasta han dejado los que tenían), acceso a la educación, salud y cosas por el estilo. Y, curiosamente, esa es la oferta que se les viene haciendo desde la Alcaldía; incluso, un subsidio para quienes accedan a las becas para educación superior.
Tampoco hay en ellos una exigencia para que, desde el sector público o privado, se les apoye algún tipo de emprendimiento o iniciativa que los ayude a salir adelante, ni reclamos para que las mujeres que hacen parte de estos grupos sean tenidas en cuenta en políticas de igualdad de género, lo que tanto se pide en otros sectores.
Lo que sí es evidente es el reclamo airado por la violación de sus derechos en el calor de las protestas. Piden, por ejemplo, que no sean estigmatizados como vándalos o delincuentes, que el Esmad no los acose ni persiga y que se esclarezcan los casos en los que algunos compañeros han resultado heridos o muertos. Amén de otras reclamaciones más generales, como que el Gobierno no se robe la plata, que los políticos dejen de ser unas ratas, que los medios no los tergiversen o que no se les falte al respeto citándolos a dialogar y que la alcaldesa no aparezca.
Lucen agitados, envalentonados –como dirían sus mamás–, agresivos y apegados a un discurso que llama a la desobediencia, a no creer en nada, a dudar de todo, a no acatar ninguna orden ni autoridad porque para ellos, no existen. Ellos son la autoridad de su propia causa y destino. Se sienten dueños de un espacio ‘conquistado’ del que no quieren salir. Saben que permaneciendo en esa actitud captan la atención de todo el mundo. Hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos estuvo escuchándolos en sus trincheras improvisadas.
Por las pocas declaraciones que se le oyeron a uno de ellos, es claro que no quieren una negociación. ¿Negociar qué? No lo tienen claro tampoco. Quieren tener a la alcaldesa al frente para expresar la rabia y el malestar que les asisten, para reclamarle por los ataques del Esmad –una de sus verdaderas obsesiones de lucha– y para insistir en que no le hacen caso ni a Dios ni a la ley. Al secretario de Gobierno, sereno como le tocaba, le dijeron de todo. ¿Qué hubiera pasado si la alcaldesa asiste? ¿Hubieran respetado su investidura? ¿La habrían escuchado? Lo dudo.
No es difícil imaginar el escenario que le esperaba a la mandataria, que hace ocho días ordenó acabar con las concentraciones en Usme y portal Américas –algo que no le perdonan–, sitios donde se ubican después de ser dotados de elementos de seguridad aportados por miembros de movimientos políticos que, a juicio de la alcaldesa, utilizan a los jóvenes como carne de cañón con fines electorales.
No se sabe tampoco quiénes están detrás de estos muchachos ni cómo financian su permanencia en dichos lugares. Los anima la adrenalina que les produce el enfrentarse con la Fuerza Pública cada anoche. Están sincronizados para actuar en los mismos lugares y a la misma hora. Han perdido respaldo de vecinos que antes entendían sus causas, pero que ahora no saben si se trata de ‘chicos’ que solo procuran hallar salidas a sus demandas o idiotas útiles de políticos aprovechados o, peor aún, presas de expendedores de droga.
Quiero pensar que se trata de personas con reclamos genuinos y que muchos de esos reclamos tienen que ver con su entorno y con el mejoramiento de su calidad de vida y la de sus familias. Pero cuando se observa el grado de destrucción al que han sometido a la ciudad o el trágico episodio de degollamiento de un joven por un cable que atravesaron en el portal Américas o las mujeres abusadas sin que haya responsables, entonces una de dos: o ellos deben responder o hay evidentemente delincuencia infiltrada en sus protestas que ni ellos mismos pueden controlar. Y eso, aunque no lo acepten, los deslegitima.
En un informe que poseen las autoridades se advierte que la mayoría tienen entre 16 y 22 años, aunque también han encontrado menores de 14; viven en barrios aledaños, sin filiación política aparente, consumidores de sustancias psicoactivas, cargados de indignación a causa de la falta de oportunidades. Algunos miembros de estas llamadas primeras líneas denuncian amenazas de personas extrañas que deciden cuándo comienzan las pedreas contra el sistema de transporte público o contra la Policía.
La atomización es uno de los principales males de la primera línea. El no tener un discurso claro, unas peticiones concretas ni unos voceros únicos que logren canalizar sus exigencias hace que cualquier intento de diálogo sea infructuoso. Claro que hay que escucharlos, pero no con ese nivel de violencia, agresividad y verborrea ininteligible con la que se han mostrado hasta el momento. De seguir así, solo van a conseguir lo que ya es un hecho: que la ciudadanía los vea como los causantes de problemas que antes no tenían: inseguridad, falta de movilidad, extorsión y abuso con la comunidad.
Tal vez la primera línea y sus promotores tengan pensado perpetuarse en esa actitud, cosa que solo agrava el problema. Pero si es así, no caben sino dos caminos: que la Administración persista en un intento de dialogo –lo cual se ve difícil– y que las personas afectadas por los desmanes y el vandalismo sientan que la autoridad está de su lado.
¿Es mi impresión o… el partido Verde y la coalición de centro no han salido a respaldar a la alcaldesa en su rifirrafe con las extremas de derecha e izquierda por cálculos políticos?
FUENTE: EL TIEMPO


