Ana del Castillo, perdurable
Por Miguel Angel Castilla Camargo
miguelcastillac@hotmail.com

Aunque tiene nombre de santa, su comportamiento atrevido y provocador, trasgrede los tratados éticos que desestima normas, códigos y reglamentos que rompe cada vez que le da la gana, porque su gracia está en esa originalidad admirable de hembra montuna, fogosa e imponente que no sigue patrones sociales, y que, por el contrario, la motiva a validar su condición de mujer empoderada, libre, altanera y feliz. No esperen de ella a una mujer sumisa, reducida y reproductora. Es una dadora alegre, filantrópica, temerosa de Dios, que entiende y comprende los alcances de la pobreza, la riqueza y la fama. El normalismo de su vida contrasta con su prosperidad.
Es un referente erótico en un mundo patriarcal que choca con su carisma y coquetería. Desde el principio de la humanidad, la sexualidad ha sido presa de la vergüenza, al extremo de considerar pecadoras a quienes pasan esa línea invisible que cuestiona y castiga moralmente. Por ahí pasaron muchas Magdalenas, y rubias explosivas como Marilyn Monroe, a quien explotaron hasta en lo político-militar, dizque para calmar el nivel de estrés de las tropas en Corea.
Cada cierto tiempo, cuando sale una mujer talentosa, hermosa y atrevida, una franja de la sociedad suele apelar a epítetos para esconder sus tabúes y fantasías. Desprestigiar a quien no camina por la misma cornisa, o lapidar al que actúa bajo su propio albedrío, es algo práctico de sociedades utilitarias que nunca supieron identificar, respetar y valorar al prójimo en la contradicción. Son los mismos, y mismas, que se masturban en el crepúsculo pensando en prototipos imaginarios. Por eso en los corrillos locales se habla todavía de María Concepción Loperena, Consuelo Araújo Noguera y hasta de María Varilla, con el verbo sutil de reconocer sus proezas a medias porque la consigna escueta y vulgar suelen imponerse.
Como toda conquistadora natural, cautiva al pobre y al rico porque sus feromonas no tienen distingo ni abolengo. En medio de la barahúnda de propuestas, más allá de un cuerpo exuberante, se erige un ser humano espontáneo, disciplinado, apasionado, responsable, de una voz majestuosa y de un lexicón que llama las cosas por su nombre sin medir consecuencias. No es perfecta, y su ingenuidad de recibir tragos de personas extrañas, en un contexto donde pulula la brujería y la envidia, podrían acabar su carrera antes de tiempo.
Por ahora, Ana María Cecilia Maireth del Castillo Jiménez se mueve como pez en el agua en un mundo convulsionado, facturando como las grandes luminarias, posicionando una marca irrepetible, porque en el vallenato, machista por excelencia, es novedad ver a una mujer liderando una actividad compleja donde transversalmente se manejan intereses, egos y poder. Parece hecha para formatos musicales más universales, pero ella en su universo local, contradice esa hipótesis con su performance que conjuga al juglar y al influencer que no le teme a la crítica, porque la crítica es su alimento, su razón de ser. Con ella, la ecuación parece haberse invertido y entonces del trovador que hablaba de sus amores en correrías, ahora nos encontramos a la heroína cosmopolita que dice las cosas de frente sin tapujos, sin mentiras, que expresa sus gustos sexuales, y hasta su dominio femenino frente a los hombres.
Sin duda alguna, su dramaturgia y su verbo en cada intro de una canción plantean una reflexión social de consumo, que al principio generaba crítica, pero que en la actualidad es un dogma que siguen fanáticos que van de pueblo en pueblo siguiendo esa estela de libertad generacional que a muchos molesta, porque al decir verdad, es un país de beatos de día y de blasfemos nocturnos. Sin ningún cálculo, los ha ido reclutando sin convocatoria, convirtiéndolos en una legión que la sigue con fe y devoción.
Las divas son escasas. Muchas que se auto promulgan saben que una cosa es el marketing de posicionamiento, y otra, es tener la luz para proyectarse como tal. Hoy, con todos sus defectos y virtudes, es el ícono de millones de mujeres que ven en ella la libertad de expresión frente al opresor, empleador, acosador y explotador de turno. Es la voz de todas aquellas féminas que fueron sexualizadas como objetos de consumo por encima de su competitividad y capacidad laboral.
Esa, la humilde joven a la que muchos no entendieron ni ayudaron cuando lo necesitaba, ahora la persiguen para escucharla y verla de cerca; todos quieren tocarla para ver si es de verdad, porque su físico evoca el sacrilegio, la fruta prohibida, la perdición, y ella que lo sabe, actúa sin libreto con la convicción blasfema de quien conoce la condición masculina. Es un símbolo sexual que se ensaña contra los estereotipos de la estrella que en vez de una suite pide una pieza, que desecha la champaña por un aguardiente, que prefiere una mochila en vez de una cartera Dolce & Gabbana, que no cambia una carne “esmechá” por un filet mignon, y que desecha fortachones de dudosa hormonalidad en un concierto. Cada evento es una puesta en escena de sus diálogos osados de infidelidad, despecho, pero, sobre todo, de reivindicación como mujer.
No canta por cantar porque en su ADN parece portar un legado desconocido, sin antecedentes, de ataduras espirituales de otros mundos que muchos no comprenden, de pasados furtivos, de mujeres de vanguardia, que llegó para revolucionar la industria musical. Su fe es la única que puede llevarla a la cúspide, a su realización íntegra, a su evolución personal…
Las celebridades no nacen todos los días, tampoco salen en serie y mucho menos son comunes. Algunas llegan a ser reconocidas cuando mueren y otras como Ana del Castillo, viven el día a día con su dialéctica boja que eclipsa a propios y extraños.


