¿Hacia dónde va la democracia?
En medio de la incertidumbre que generó primero el COVID y ahora la invasión de Rusia a Ucrania, emerge una inquietud más profunda y decisiva: ¿Hacia dónde va la democracia liberal? Después de la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética, se asentó la creencia de que estábamos ante el triunfo definitivo de la democracia.

Analistas y políticos proclamaron a los cuatro vientos que había llegado el fin de la historia. Parecía inevitable que el sistema político basado en los derechos humanos, las libertades individuales, la participación ciudadana y la división de poderes se impusiera universalmente. Esa ilusión de supremacía de la democracia duró más bien poco.
Hoy en día hay un consenso bastante amplio de que la democracia liberal está amenazada y corre peligro. El modelo político que ha regido no solo a Occidente sino también a buena parte del mundo está siendo desafiado desde diferentes flancos. Y no es precisamente una ofensiva que venga de las fuerzas contestarías o insurreccionales que con las armas o la revolución quieran acabar con los regímenes democráticos. Es la misma democracia la que ha anidado a sus propios enemigos.
El nacionalismo, la ultraderecha y la xenofobia en Europa va en ascenso. Los supremacistas blancos y los neonazis hoy definen elecciones y tienen un espacio de poder significativo en la política estadounidense. Las extremas -tanto de izquierda como la derecha- usan los canales democráticos para acceder al poder y luego procesos seudo-constitucionales para instaurar su perpetuación el poder. En Washington hordas manejadas a control remoto desde la propia Casa Blanca asaltan los poderes públicos. El Índice de democracia de The Economist revela que en el 2022 solo el 14.4 % de los regímenes políticos se podrían considerar como democracias plenamente funcionales.
América Latina no es la excepción en ese mundo hostil a la democracia liberal. La amenaza de desconocer elecciones legítimas viene de la izquierda y de la derecha. Los intentos por cambiar las constituciones para perpetuarse pululan a lo largo y ancho de la región. También en Brasilia las turbas animadas por Bolsonaro asaltan los poderes públicos. En Colombia, desde el balcón de la Casa de Nariño, el primer mandatario dice que aprobará sus reformas en la calle si el congreso no le hace caso. En el Perú, el presidente Castillo da un golpe de estado para cerrar un congreso que lleva tres intentos en seis meses para derrocarlo. En México el gobierno logra aprobar una reforma que vuelve al poder electoral un títere del Ejecutivo.
La llegada al poder, por primera vez, de un gobierno de izquierda con orígenes en la extinta guerrilla del M-19 es una buena oportunidad para hacerse la misma pregunta en el contexto de Colombia. Inevitablemente el esfuerzo reformista de la administración Petro, en todos los órdenes de la vida nacional, genera tensiones, fricciones entre los poderes públicos y cuestionamientos severos. Políticas como la de la “paz total” con componentes que podrían representar situaciones difíciles de asimilar dentro del marco de la legalidad vigente generan serias inquietudes.
El propio estilo del Primer Mandatario y las posiciones del partido de gobierno frente a la oposición, la libertad de prensa, el Estado de Derecho y la división de poderes incitan a cuestionamientos sobre el compromiso del gobierno con la plena vigencia de la Constitución y la democracia colombiana. También existen las inquietudes sobre el comportamiento de la oposición de la derecha, en particular sobre su lealtad con la democracia cuando en el pasado han incurrido en intentos de distorsionarla o interferir en la independencia de los poderes públicos. Cabe preguntarse incluso si, ante las transformaciones radicales que se pretenden, los intereses económicos y políticos mantendrán posiciones de acatamiento a la institucionalidad. Queda así más que justificada la pertinencia y la urgencia de la pregunta que nos plantea el foro de CAMBIO ¿Hacia dónde va la democracia?.



