¿Salario Mínimo populista?

 ¿Salario Mínimo populista?

El anuncio del gobierno nacional de incrementar el Salario Mínimo en un 23% tuvo un importante efecto comunicativo: “subió el mínimo, subamos todo”, como si el país entero hubiese enriquecido súbitamente, una suerte de moral social especulativa que conmina a subir los precios de bienes y servicios.

En la definición del Salario Mínimo subyace la confrontación entre dos corrientes del pensamiento económico moderno; la corriente keynesiana – regulatoria, surgida en respuesta a la Gran Depresión, bajo la tesis que el mercado no es perfecto y por tanto el Estado debe intervenir, otorga preponderancia a la demanda pública, planteando formas de aumentarla artificialmente, como subir el salario mínimo e incrementar la inversión estatal, de tal forma que al contar los trabajadores con más ingresos, consumirían más, impulsando la producción de bienes y servicios que conlleva finalmente a la generación de empleo.

Su antípoda en este debate, la corriente liberal – monetarista, vinculada con la Escuela de Chicago, propone el fortaleciendo a las empresas y del capital como presupuesto para el crecimiento económico. Eliminar subsidios, reducir impuestos, costos y regulaciones laborales incentivaría la inversión privada, el crecimiento empresarial, y de esta forma, la generación de empleo.

Así, el aumento del Salario Mínimo, al igual que otras recientes medidas del gobierno, seguirían sobre todo una lógica keynesiana; aumentar la capacidad adquisitiva de los hogares para dinamizar desde abajo la economía.

No obstante, más allá de su salario, el trabajador debe recibir salud, pensión, riesgos, cesantías, primas, vacaciones, aportes, provisiones e indemnizaciones. Un incremento desproporcionado puede convertir la formalidad en una talanquera para las empresas y emprendedores, en perjuicio de los trabajadores, pues los costos laborales se tornan en una carga muy pesada.

La cuestión sería reconocer si el sistema productivo colombiano tiene la suficiente capacidad para absorber este aumento de dinero circulante, sin que ello desboque en inflación – perdida del valor del dinero – e informalidad, pues si no existe la suficiente capacidad productiva, el aumento de la demanda puede desencadenar una espiral de precios.

De allí la necesidad de que el incremento de salarios sea moderado, de cara a la productividad, y que ese peso extra que le ingresa al trabajador no se destine íntegramente a pagar arriendo, transporte, deudas o compras importadas, sino que se quede en el comercio e industria local, en el mercado y en la tienda del barrio, pues si el ingreso nuevo no se convierte en demanda interna productiva —ventas, producción y empleo — el aumento salarial no dinamiza, se vuelve un espejismo, y castiga principalmente a quien no cuenta con ingresos fijos, transformándose entonces una intención aparentemente justa en un funesto experimento social cuyas consecuencias recaerán sobre el lomo de los más pobres.

 

Eusebio Canabal Restrepo – abogado y docente universitario.

El Pulso del Tiempo

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