COMUNICADO PÚBLICO: Una equivocación no puede convertirse en una condena

 COMUNICADO PÚBLICO: Una equivocación no puede convertirse en una condena

COMUNICADO PÚBLICO

Una equivocación no puede convertirse en una condena

Bogotá, septiembre de 2026.

“Mi hermano se equivocó. No se robó un peso. Y una equivocación no puede borrar una vida de honestidad y servicio.”

Frente a los acontecimientos que rodearon la llegada y posterior salida de mi hermano René de la Presidencia de Colpensiones, siento la obligación moral y familiar de expresar públicamente una posición que hasta ahora no ha tenido suficiente espacio: la posición de quien conoce al ser humano detrás de los titulares, las redes sociales y las interpretaciones políticas.

René fue invitado por el señor Presidente de la República para asumir uno de los retos más complejos de la administración pública colombiana: Colpensiones.

La confianza depositada en él tenía una razón fundamental: su integridad personal, su honestidad y una relación de confianza construida durante muchos años.

La expectativa no era que René llegara al cargo con todas las respuestas.

La expectativa era que pudiera conformar el mejor equipo posible, convocando especialistas, académicos, expertos y profesionales capaces de estudiar a fondo los enormes desafíos del sistema pensional y encontrar alternativas para una entidad fundamental para millones de colombianos.

Ese proceso apenas comenzaba.

René llevaba dos días de posesionado.

Dos días.

Todavía estaba conociendo la estructura de la entidad, sus funcionarios, sus procesos y las personas que debían acompañarlo en la gestión. Ni siquiera había tenido el tiempo necesario para disponer de todos los elementos institucionales básicos para desarrollar su trabajo.

Y, en esas circunstancias, ocurrió su primera intervención ante una comisión del Senado.

Sí. René se equivocó.

No voy a negar lo evidente.

No voy a justificar lo que pudo hacerse mejor.

René reconoce que debió prepararse de otra manera para esa intervención.

Pero una cosa es reconocer un error y otra completamente diferente es utilizar ese error para destruir públicamente a una persona.

Lo primero es responsabilidad.

Lo segundo puede convertirse en una injusticia.

René enfrentó una situación para la cual no había tenido el tiempo de preparación que requería. La presión, el escenario y la responsabilidad pudieron jugarle en contra.

Fue una mala presentación.

Fue un error.

Pero no fue un delito.

No se robó un peso.

No desvió recursos públicos.

No utilizó el cargo para beneficio personal.

No traicionó la confianza depositada en él.

No destruyó Colpensiones.

Simplemente se equivocó.

¿Desde cuándo equivocarse se convirtió en un pecado imperdonable?

Esta es la pregunta que quiero dejar abierta para Colombia.

Vivimos en una sociedad que habla permanentemente de innovación, emprendimiento, aprendizaje, transformación y generación de conocimiento.

Y todos esos procesos tienen algo en común:

quien intenta algo nuevo puede equivocarse.

En la ciencia, el error puede abrir una nueva pregunta.

En una empresa, un fracaso puede convertirse en aprendizaje.

En el emprendimiento, equivocarse forma parte del camino.

En la academia, una hipótesis equivocada puede conducir a un nuevo descubrimiento.

¿Por qué, entonces, en la vida pública colombiana una equivocación puede convertirse en una condena definitiva?

De funcionario recién posesionado a blanco de una tormenta pública

Lo más doloroso de este episodio no fue solamente la salida del cargo.

Fue observar cómo una persona que apenas comenzaba una responsabilidad terminó expuesta a una avalancha de críticas que rápidamente dejaron de referirse exclusivamente a una actuación concreta y comenzaron a cuestionar su trayectoria, su nombre y su condición profesional.

El debate público es legítimo.

La crítica es necesaria.

El control político es indispensable.

Pero la crítica no debería convertirse en una licencia para destruir reputaciones.

Especialmente cuando estamos hablando de una persona que apenas llevaba dos días en el ejercicio de una responsabilidad.

La política no debería olvidar al ser humano

Detrás de cada funcionario existe una persona.

Detrás de esa persona existe una familia.

Y detrás de una familia existe una historia de décadas que no puede desaparecer en cuestión de horas por una intervención desafortunada.

Mi hermano tiene una vida profesional anterior a Colpensiones.

Tiene una trayectoria.

Tiene una familia.

Tiene amigos que lo conocen desde hace muchos años.

Y quienes lo conocemos sabemos perfectamente quién es René.

Por eso me resulta especialmente doloroso que una sola presentación pública pretenda convertirse en la definición completa de su persona.

¿Y quién responde por el costo humano?

En medio del ruido político y mediático, pocas veces alguien se pregunta qué ocurre con la persona que queda en el centro de la tormenta.

¿Qué ocurre con su familia?

¿Qué ocurre con su reputación?

¿Qué ocurre con los años de trabajo que quedan reducidos a un episodio?

¿Qué ocurre cuando miles de personas opinan sobre alguien sin conocer su historia?

El daño reputacional puede producirse en horas y tardar años en reconstruirse.

Ese es quizás uno de los aspectos más preocupantes de esta historia.

René se equivocó. Y eso también merece ser dicho.

No pretendo presentar a mi hermano como una persona perfecta.

Nadie lo es.

Cometió un error y debe asumirlo.

Pero precisamente porque lo asume, también merece que la sociedad tenga la madurez suficiente para distinguir entre responsabilidad y condena; crítica y linchamiento; error y deshonestidad.

No son lo mismo.

Mi hermano no necesita que yo diga que no se equivocó.

Necesita que diga la verdad:

Sí, se equivocó.

Pero también digo con absoluta convicción:

Una equivocación no define una vida.

Una mala presentación no borra décadas de trayectoria.

Un momento de presión no convierte a una persona honesta en deshonesta.

Y dos días de gestión no pueden utilizarse razonablemente para juzgar toda la capacidad de una persona para enfrentar uno de los problemas más complejos del Estado colombiano.

Una reflexión para Colombia

Ojalá este episodio nos obligue a pensar.

Porque mañana puede ser otro profesional.

Otro empresario.

Otro académico.

Otro servidor público.

Otro joven que tenga el valor de aceptar una responsabilidad difícil.

Si construimos una sociedad donde equivocarse públicamente significa quedar condenado profesional y socialmente para siempre, terminaremos premiando a quienes nunca arriesgan y castigando a quienes aceptan responsabilidades.

Colombia necesita personas que se atrevan a asumir retos.

Necesita expertos.

Necesita honestidad.

Necesita conocimiento.

Pero también necesita humanidad y proporcionalidad.

Mi hermano tuvo la oportunidad de asumir un enorme desafío.

Lo hizo confiando en que podía aportar.

Se equivocó en su primera aparición pública.

Lo reconoce.

Pero su error no puede borrar quién es.

Mi conclusión como hermano

No hablo aquí como político.

No hablo como funcionario.

No hablo como analista.

Hablo como hermano.

Y como hermano me duele profundamente haber visto cómo una persona honesta, que aceptó un reto enorme con la intención de servir, terminó convertida en objeto de una exposición pública desproporcionada.

No pretendo impedir la crítica.

No pretendo negar el error.

No pretendo pedir privilegios.

Solo pido algo mucho más sencillo:

Que se juzgue el hecho, pero que no se destruya al ser humano.

René se equivocó.

No se robó un peso.

Y una equivocación, por dolorosa que sea, jamás debería tener el poder de borrar una vida entera.

Dios los perdone. Yo, como hermano, todavía no puedo hacerlo.

El Pulso del Tiempo

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